Soportar que nos traten mal no solo nos hace sufrir profundamente, si no que además, supone exponernos a cambios que pueden ocurrir en nuestra psique y que son muy peligrosos. En todas las áreas de la vida de una persona, pueden darse esquemas de maltrato que, de forma más o menos evidente, estén poniendo en riesgo nuestro sistema mental al completo. Parejas tóxicas, ambientes laborales plagados de desprecio, competitividad y control, familias destructivas, amigos bullers…
Hoy vamos a repasar algunos de los efectos que este tipo de vivencias pueden llegar a provocarnos. El peligro de que nos traten mal va más allá del sufrimiento…
Normalización.
La normalización es un mecanismo de supervivencia relacionado con la tendencia y la capacidad del humano de adaptarse a los ambientes. Para “tirar palante” en situaciones que sentimos que no podemos cambiar, el cerebro reformula la relación con la vivencia, renunciamos poco a poco a nuestra propia reacción de rechazo y terminamos por aceptar lo inaceptable.
Cuando normalizamos algo, solo estamos buscando aceptarlo, minimizar la angustia y aprender incluso a replicarlo para poder formar parte de ello y que duela menos. En el caso de las situaciones de maltrato, podemos llegar a olvidarnos de que lo que estamos viviendo no es normal. Nos alejamos progresivamente de los márgenes de referencia sanos y terminamos viviendo en una realidad delirante donde, el día que no te hacen daño, se convierte en motivo de celebración.
La normalización se da por repetición, por exposición reiterada al nuevo esquema y se desarrolla de forma progresiva, perdiéndose con el tiempo la capacidad de reacción automática que tenemos instintivamente y que nos hace alejarnos de lo que nos daña. Por eso es tan importante que el tiempo que pase viviendo esto sea el menor posible…
Desplazamiento de emociones.
Si no tenemos cuidado y estamos atentos, puede que otras áreas de nuestra vida terminen pagando por el sufrimiento que nos causa la vivencia de maltrato. A veces, como no podemos reaccionar con resistencia y confrontación ante lo que nos daña (generalmente porque vivir la situación precisamente nos anula la reacción), desplazamos esa necesidad de estallar, de sacar fuera el dolor, hacia otros frentes en nuestra vida. De esta forma, personas que sufren situaciones de absoluta violencia encubierta en sus trabajos por ejemplo, terminan a veces desarrollando un esquema de tiranía y trato negativo en sus hogares.
Soportar que nos traten mal nos deforma, nos cambia, modifica quiénes somos y cómo nos comportamos y arrastra a la realidad de la persona a una escalada destructiva y autodestructiva que poco a poco lo cambia todo.
El cuerpo sufre.
Evidentemente nuestro pobre cuerpo es uno de los elementos directos que más se deteriora ante estas vivencias. La química y neuroquímica asociada al maltrato y al sufrimiento puede hacernos enfermar en una escalada de cambios internos que, desde la tensión y el dolor continuas, favorecen la destrucción de tejidos y la extenuación del sistema nervioso.
Lo que pasa por dentro cuando sufrimos nos puede llegar a enfermar gravemente. Hay que estar atento a la bajada en el funcionamiento del sistema inmune y a los indicadores de debilidad que podemos ver en quien está viviendo algo así… Es muy peligroso prolongar esta situación en el tiempo.
Depresión.
La vida puede perder gran parte de su sentido cuando estamos experimentando algo así. De repente todo el sistema de refuerzo, de correlación entre nuestro esfuerzo y nuestra sensación de logro, salta por los aires. Sufro a diario situaciones impredecibles y sin sentido, sin poder hacer nada que funcione o lo resuelva. Eso desesperanza, destruye, entristece…
Además, sufrir nos agota tanto emocionalmente, que parece que solo nos terminan quedando fuerzas para arrastrarnos de nuevo a la siguiente situación del día, sin sentir más que una existencia autómata en la que nada va bien. Nos acercamos peligrosamente a la depresión.
Aislamiento.
En este sentido el aislamiento se configura a través de dos vías principales. La primera tiene que ver con el pudor, con la vergüenza que sienten las víctimas que sufren este tipo de vivencias y que terminan por querer ocultar lo que les está pasando. Esto las aleja aun más de su red de apoyo, de sus posibilidades reales de salida y del recordatorio de que lo que están viviendo no es normal, a través de lo mucho que nos nutre compartir el sufrimiento con los nuestros.
La otra forma de andamiar ese terrible aislamiento, es la reconceptualización de las personas como posibles fuentes de dolor. Poco a poco y cuando nos tratan mal, las personas pueden llegar a temer que otros lo hagan, a generalizar el daño y a terminar en una soledad que solo busca minimizar el riesgo de me vuelvan a hacer sufrir.
Ruptura en la relación con el yo.
Como el cerebro siempre tiende a correlacionar las causas y efectos y a buscar un sentido a cada situación vivida, gran parte de esos cambios suelen repercutir en nuestra relación con nosotros mismos pues, al no poder encontrar lógica de otra forma nos terminamos echando la culpa de lo que pasa.
Me lo merezco. Es normal que me hagan eso. Realmente debí tener más cuidado. Podría haberme esforzado más… devolver lo que nos ocurre a un lugar donde poder conectarlo con algo que dependa de nosotros, es un intento desesperado por no perder totalmente la causalidad y la relación de lógica con lo que nos está ocurriendo. Nuestro yo, es uno de los primeros lugares de repaso donde buscar los porqués. De lo más destructivo y peligroso que puede ocurrirnos porque rompe todo el sistema mental en trozos que no encuentran donde recolocarse con sentido.
Si detectas estos y otros cambios en ti, no dudes en acudir a un espacio profesional donde poder trabajar lo que te esté ocurriendo. Puede que no sea tu culpa.
Todo el mundo debería leer este artículo.