LA NAVAJA DE OCKHAM: El camino más simple a la verdad será la mejor explicación…

El principio de la navaja de Ockham nos dice que ante un evento la explicación más sencilla será la más probablemente cierta.

El camino más simple a la verdad será la mejor explicación…

Este principio nace allá por la edad media pero es de la mano del fraile que le pone nombre, Guillermo de Ockham, un reconocido franciscano, escritor y político del siglo XIII cuando se eleva al ámbito de la filosofía.

Se trata de un principio aplicado a muchas disciplinas tales como la economía, la lingüística, la biología, la estadística e incluso la música y la medicina, que se construye sobre la idea común de la sencillez, el reduccionismo metodológico y la simpleza ante las explicaciones de los distintos fenómenos y eventos. En este sentido, la explicación suele ser lo más obvio, lo más sencillo, lo más simple ante todas las opciones que se plantean.

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De alguna manera diríamos que la aplicación de esta máxima es generalizable al comportamiento humano en muchas de sus manifestaciones o dinámicas psicológicas.

La tendencia natural de nuestros comportamientos sigue un principio de parsimonia y sencillez que poco tiene que con las explicaciones eminentemente complejas y rebuscadas que solemos atribuirles.

Podemos verlo en criminología por ejemplo, cuando ante un caso concreto de asesinato o desaparición una gran mayoría de veces, la explicación se conecta con un entorno cercano.  Y con explicaciones tan dolorosamente simples como aquellas que tienen que ver con los celos, la envidia, el poder…(casos tan comentados como el de Gabriel, Marta del Castillo, Diana Quer…).

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Si bien es cierto este principio no es siempre irrebatible, pues en ocasiones debemos conocer más variables de las que pueden percibirse al principio del análisis de cada conducta o situación, nos obliga a ser simples, a basarnos en el entendimiento de los comportamientos ajenos partiendo de la lógica de los que conocemos, los nuestros y en encontrar una conexión entre las situaciones difíciles y los elementos más simples que en su suma y acumulación terminan dando lugar a lo complejo.  Los que terminan en hacer el mal, no dejan de ser rasgos fácilmente reconocibles en nosotros mismos en alguna medida.

No hay nada más allá, no siempre hay una personalidad especialmente compleja o un rasgo de maldad subyaciendo a quien provoca el daño, no existe necesariamente un elemento diferencial en quien empuña un arma y ejecuta el disparo. A veces no suele darse más que la debilidad ante un contexto, una creencia, un pensamiento, una idea y una mala gestión emocional que no se domina y adoctrina como debería y que termina tomando las riendas de lo que hacemos.

No debe asustarnos la simpleza a la que esta idea nos expone.

Solo asumirla y usarla para acoger realidades difíciles de entender y de vivir.

 

Alba Calleja. Psicóloga.
Recuerda: 635.961.102
albacallejapsicologa.com

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