¿Y si no todo depende de mí? El problema del individualismo en la salud mental.

La salud mental, como el resto de realidades humanas, se teje dentro de una red situacional en la que el individuo es solo otro elemento que participa en el resultado final. Sin embargo, la tendencia a una psicología individualista, nos ha llevado a poner el foco de atención de forma peligrosa y casi única en la persona, sus habilidades y su capacidad de gestión, otorgándole un peso de responsabilidad que tiende a cronificar la realidad de sus problemáticas, pues le suma al problema de origen el peso de no poder resolverlo. El impacto de las causas ambientales y sociales en nuestra salud mental es si acaso mayor incluso que las propias variables individuales que únicamente a veces logran amortiguar el golpe. Somos el espacio en el que estamos, los roles que desempeñamos, la red de apoyo que nos rodea, en fin, nuestro modo de vida, y por muy atractiva que nos parezca la idea de hacerlo depender todo de nosotros, en realidad no somos ni tan libres ni tan poderosos.

Si no todo es culpa mía, no todas las soluciones están en mí. En un sistema actual deteriorado a todos los niveles, conviene liberarnos de esa búsqueda incesante de una manera casi mágica de gestionar lo que nos daña. Lo que duele, duele. Lo que daña, daña. Y la responsabilidad de hacer malabares con ello buscando la forma de cambiar el perjuicio que nos provoca, solo nos hace perder el tiempo y la energía en un ejercicio necio que en último termino va en nuestra propia contra. Porque entiende al revés la secuencia de lo que nos ocurre y nos coloca en una posición injustamente alienada y eminentemente poco realista.

Pues no, no siempre te puedes curar de lo que te hace daño cuando lo que te hace daño te rodea por todas partes (realidades de maltrato laboral, de injusticia social, de abandono emocional…) y no siempre puedes huir de lo que te hace daño como quien se va a a pasar 7 años al Tibet. Muchas personas acuden a terapia con el objetivo de conseguir “que las cosas den igual y no duelan” y generalmente dedicamos mucho esmero en deshacer esa idea y sustituirla por un análisis mucho más amplio de la realidad que nos rodea y que condiciona mis posibilidades reales de reajuste y bienestar.

Reaccionar a lo que nos hace daño por lo tanto no es siempre patológico ni debe ignorarse, en ocasiones es perfectamente correlativo a lo que estamos viviendo, y eso también es salud mental. Nuestro malestar es el indicador de aviso que busca salvarnos de lo que está mal, las luces de alerta que solo hablan de un sistema mental sano reaccionando a lo dañino. Medicalizar el malestar, convertir en único objetivo que desaparezca el síntoma, sin entender que lo que lo genera está muchas veces más fuera que dentro, me recuerda inevitablemente a Homer Simpson tapando con un esparadrapo la luz roja de avería en el motor en el salpicadero de su coche para seguir adelante, un día más hacia la central nuclear.

Somos, en conjunto.

Somos, en conjunto, a pesar de la tendencia al individualismo que últimamente reina en la forma y fondo de entenderlo todo, en realidad somos mucho de aquello a lo que pertenecemos.
Lo que ocurre es que la idea del individualismo cala muy bien porque nos conecta con las posibilidades infinitas de hacer el mundo depender únicamente de uno mismo. La vieja idea del “si quieres puedes” que tanto nos seduce porque nos hace sentir poderosos y menos sujetos a los elementos contextuales que nos limitan y condicionan nuestra vida. A nuestra mente siempre le ha dado mucho miedo el no control y encontrar un enfoque que reduce el resto de variables y las somete a nuestra “capacidad” es un canto de sirenas que nos arrastra pero que repercute de forma muy negativa en nuestra salud mental.

Como no logro conseguir que la resolución de las situaciones que me hacen daño dependa de mí (porque no está en mí que me deje de doler el brazo si no paras de darme golpes en él) eso me condena a una profunda frustración y abre una grieta en mi relación con la vida. La interrelación entre el mundo y yo se rompe tal y como lo entendía y me lo habían contado. Desesperanza. La fórmula perfecta de la depresión y la ansiedad. Frustrados, ambiciosos, competitivos y decepcionados. Un caldo de cultivo de lo más nutritivo para las patologías que estamos sufriendo.

En fin, que cuidarse y cuidar no se pueden separar. Que somos donde estamos.  Y que no vamos a poder hacerlo depender todo de cada uno, ni siquiera nuestros más profundos pensamientos. Que estamos sujetos a dinámicas psicológicas grupales, sociales y conjuntas que definen y delimitan nuestra calidad de vida más que nuestra famosa “manera de gestionar las cosas” y que la colectividad tiene que volver a encontrar un lugar en la ecuación, pues está visto que trabajando de forma individual no estamos consiguiendo más que enfermarnos.

Alba Calleja. Psicólga.

635961102

albacallejapsicologa.com

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