Habitualmente asociamos los períodos de descanso a los viajes, a irnos de vacaciones, a obtener un premio tras los esfuerzos desarrollados en cada día de la rutina. Pero en algún momento, esto se convirtió en algo necesario más que complementario, transformando el aparente disfrute en una especie de persecución desesperada por todo lo que simboliza “irse de vacaciones” y por evitar el miedo al fracaso al que nos enfrenta no poder hacerlo.
¿Se están convirtiendo en huidas hacia delante todos los planes de viajar que vemos en la gente? ¿Estamos convirtiendo las vacaciones en el símbolo de éxito que compense nuestra baja calidad de vida diaria y haga merecer todos nuestros sacrificios y momentos de infelicidad rutinaria? ¿Estamos apostando más por 15 diás que por los 350 restantes?
Acerquémonos a ver qué pasa.
El éxito.
Cada vez más adictos a conseguir la sensación de logro, sentirnos exitosos a través de lo que sea, se convierte en el premio que justifica una vida sacrificada, con poca disposición de nuestro tiempo y con cuestionable calidad de vida diaria. Aportar precisamente calidad a la vida diaria representa el camino más directo para no sentir la necesidad de huir de vacaciones. Vivir bien tiene más que ver con el resto del año y quizá ahí esté el verdadero éxito, en lo que no se ve y no se cuenta.
Si no puedes viajar, no pasa nada, trabaja en tu rutina, la idea es validar más e invertir mejor en la realidad habitual y darnos calidad de vida con lo que realmente la representa, alimentarse todo lo bien que se pueda, descansar, llevar una vida ordenada con intermitencias de disfrute y momentos de buenas relaciones humanas o familiares, tener momentos de reflexión y de consciencia, busca la paz y no la sobreestimulación… Viviendo así puede que necesitemos menos las vacaciones.
La competición.
Competimos en los viajes, yo fui aquí, pues yo fui allí, como si el aprovechamiento vital y el sentido de nuestra realidad, quedara directamente relacionado con los tics que ponemos a las ciudades que conocemos en vez de en cómo vivimos en nuestro día a día y qué cenamos ayer ni cuántas horas dormimos. No debemos convertir las conversaciones en colecciones de viajes y en competiciones de aprovechamiento, rara vez eso resulta sano o satisfactorio para ninguno de los participantes.
La exhibición.
Mostramos en algunos casos tanto nuestra realidad, que al final su validez depende más de lo fotografiable que sea frente a lo disfrutable que resulte. La autoexigencia y el miedo a no estar aprovechando la vida, están a veces detrás de los grandes viajes en los que algunos se embarcan, frente a la ilusión y espíritu aventurero genuino que realmente deberían de ser los motores de salida.
¿Cuánto de lo que haces realmente es algo que quieres hacer y no lo que aprendiste a hacer para sentirte exitoso? Si puedes viajar y te gusta, viaja. Si no puedes, no convirtamos eso en el único símbolo de logro en la vida.
La sencillez.
Hay muchas formas de perder la sensación de libertad; ser poco dueños de nuestro tiempo y de nuestras decisiones respecto al disfrute es, desde luego, una de las más directas. De poco vale hacer un gran viaje si en realidad no estás conectado con esa decisión, si no que sientes que eso es lo que tienes que hacer para vivir bien. De nada vale hacer grandes escapadas si no te gusta el lugar del que sales y al que inevitablemente vuelves después del viaje. Conviene invertir en estar a gusto en tu vida para que esas salidas no se conviertan en el único oxígeno del que respirar.
Así, además, cuando por motivos económicos, vitales o elegidos, no podemos o queremos viajar, no entrará en crisis todo nuestro sistema de validación.
Por lo general, al cerebro también le gusta la vida sencilla, le gusta estar tranquilo y trabajar con una neuroquímica moderada, le gusta la simpleza más que la opulencia porque además, le hace trabajar menos, le gusta dormir bien y el orden alrededor, y sobre todo, le gusta eso más de 15 días al año…