Resultados inmediatos en terapia. Lo quiero YA.

Cada vez es más frecuente encontrarnos con la prisa como un elemento más dentro de los inicios del proceso terapéutico. Normal, cuando nos encontramos mal, una idea simple pero poderosa, se adueña de nuestra mente, quiero dejar de estar así. Y eso nos hace intentar aplicar a la terapia, la exigencia y la inmediatez que cada vez con más frecuencia rige nuestra relación con los objetivos, con los objetos, con la vida.

Pero si algo caracteriza a un proceso de cambio, de autoestudio, de introspección, de intervención, es que los tiempos quedan sujetos a lo que se encuentre cuando comencemos a bucear ahí abajo y eso, hace muy difícil predecir los períodos necesarios o acelerar los procesos. ¿Entonces cómo gestionamos la prisa por encontrarnos bien ya?

Puede resultar contraproducente…

Lo primero que debemos recordar es que invitar a la prisa a la fiesta puede alejarnos de concentrarnos en lo verdaderamente importante del proceso. Mientras estamos evaluando el tiempo que se nos va, perdemos de vista aquel que está aportando el valor de cambio.

Es apasionante descubrirnos, estudiarnos y eso requiere toda nuestra atención y entrega, pues la mente reserva recovecos que pueden sorprendernos con nueva información sobre nuestras dinámicas de pensamiento y comportamiento y sobre sus porqués. No tenemos tiempo para pensar en el tiempo…

La prisa multiplica.

Además, algunos procesos complejos se agravan cuando les añadimos el malestar que provoca el deseo imperioso de querer estar bien, o el rechazo arrollador de no querer estar mal, convirtiéndose en un problema que termina por multiplicarse por dos.

Al final, no solo tenemos el problema en sí mismo sino también la sensación de fracaso y frustración de por qué no consigo resolverlo inmediatamente. Esta última parte nos la tenemos que cargar para atacar con más fuerza a la importante.

Lo que rápido viene rápido se va.

A menudo debemos desconfiar de los procesos de cambio que se dan muy rápidos. Bien es cierto que, determinados problemas concretos y localizados, permiten una opción de cambio inmediata trabajando de la manera correcta. Pero por lo común, no es fácil discriminar los procesos problemáticos, desligarlos de complicaciones surgidas de forma secundaria o nacidos hace muchos años.

Así que rendirse a la máxima de hacer las cosas bien por encima de conseguirlas ya, le da solidez y calidad al trabajo psicológico…y lo cierto es que al resto de trabajos vitales también…

El malestar nos convierte en impacientes…

Es normal rechazar el malestar, a nadie le gusta sentirse mal, tenemos derecho a no querer estar así, pero a veces, es necesario vivir y sufrir esos estados para conocernos realmente, y aprender a salir con firmeza y con el andamiaje real que los procesos vitales requieren.

Es en la versión difícil de nuestro yo, donde verdaderamente descubrimos el valor real de nuestros límites, nuestras capacidades de aguante y resistencia, nuestro instinto de supervivencia, nuestras estrategias de auto boicot, y no podemos querer perdernos eso, porque eso también somos nosotros y porque huir de ello de forma inmediata nos convierte en aquellos que corren para escapar de su sombra… Ningún marinero se hizo experto en un mar en calma…

La terapia es diferente… pero también mejor.

La terapia es diferente…requiere entendimiento y aprendizaje. Pide paciencia y entrega. Otorga recursos que requieren ser testados a medio plazo. El trabajo se hace con conceptos complejos y etéreos, a veces difíciles de verbalizar y transmitir, otras veces difíciles de detectar y captar.

Y no se ajusta a lo rápido que tenemos las cosas cuando las compramos, por ejemplo, o cuando el cerebro localiza lo que quiere y se tira hacia ello como un cazador. La terapia es diferente, pero…también es mejor. No te pierdas lo que un proceso de este tipo puede hacer por ti…

Alba Calleja. Psicóloga.
635.961.102
albacallejapsicologa.com

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