Adolescentes postpandemia. Los más dañados psicológicamente.

Cuando todo cambió,  aunque cada uno estuviera viviendo algún momento relevante en su vida, algunas personas se encontraban en pleno proceso de desarrollo vital interno y externo. Los adolescentes. En completa explosión de crecimiento, los años de juventud representan para el desarrollo psicológico una de las etapas más importantes en el progreso de las personas y su relación con la vida. La llegada de la pandemia hace un corte abrupto e inesperado y cambia las reglas del juego para los chavales. El rumbo de su progreso se rompe y las relaciones humanas empiezan a cambiar justo cuando empezaban a conocerlas y formarse en ellas…

De repente, hay una transformación en su manera de vivir, el ocio se vuelve aislado, sus planes de estudio ya no quedan enmarcados por el ambiente que te enseña tanto como las clases, su mundo interno se para, sus emociones se disparan, su manera de relacionarse ya no les permite salir, verse, leerse en gestos y comportamientos a rostro completo…

Veamos las consecuencias de lo vivido sobre todo en ellos.

La gestión emocional.

Ahora nos encontramos con jóvenes llenos de desesperanza, melancolía, adolescentes muy deprimidos, desganados, que no pueden ni saben gestionar tantas emociones negativas y que no logran desarrollar una buena relación con el mundo. Si la gran carga emocional de base es ya de por sí una característica clave en esas etapas vitales, y las emociones se disparan por cuestiones bioquímicas y hormonales, la melancolía queda multiplicada por el doble en un contexto desesperanzador para las personas que tienen que crear una vida en un escenario que no les da lugar.

La secuencia comienza entonces con la falta de ilusión en el futuro, eso les crea desesperanza, la desesperanza, apatía, la apatía, melancolía, la melancolía, dolor, y el dolor, búsqueda de mecanismos que me hagan sentir menos mal (a menudo trampas que se vuelven en su contra)…

Consumo de sustancias y alcohol, thc (porros)…  

En la base del consumo no siempre está el ocio. A veces, las personas utilizan las sustancias para facilitar sus interrelaciones, para encontrar una posición en el grupo de aceptación y bienestar, o como anestesia para el dolor emocional que en ocasiones no saben gestionar. Este último punto es actualmente la mayor causa que lleva al consumo a los jóvenes.

Es cierto que, durante esas épocas del desarrollo, los procesos internos se dan con mucha intensidad, la formación del yo se construye con una fuerza química y emocional arrolladora, y los picos anímicos se convierten en una realidad diaria. Normalmente, el mismo desarrollo de la relación con la vida termina regulando la intensidad de estos mecanismos internos, pero en circustancias de aislamiento y de poca estimulación externa se interrumpe el proceso normal y las personas terminan buscando otras maneras de sentirse menos mal que no solo sea el aprendizaje. El consumo de thc (porros), está creciendo peligrosamente entre los jóvenes, para quienes fumar y evadirse, se instala como un recurso que aparentemente y de forma inmediata, disminuye el malestar y la fuerza del pensamiento negativo. El problema es que esa trampa te rompe definitivamente las capacidades de autorregulación emocional del cerebro y te condena a una inestabilidad emocional a largo plazo…

Falta de estímulos externos.

En pleno momento del desarrollo de las bases de la relación con la vida, el aislamiento no da material al cerebro para crecer suficiente a nivel de referentes, de ensayo-error en el aprendizaje de las reacciones en la interrelación con las personas, de información con la que construir las bases del yo, el mundo y el futuro. Llega entonces la entrega sin reservas a los dispositivos, y el desarrollo de todo lo que normalmente aprendemos viviendo, solo se consigue ahora observándolo a través de la pantalla. Pasamos de la acción a la observación, un cambio de acción que minimiza el correcto desarrollo del yo.

Gestión del tiempo libre.

Los cerebros actuales están hiperestimulados. La exposición a luces, sonido, imágenes y estímulos en general de forma constante, modifica los parámetros basales del funcionamiento cerebral y genera cambios en la bioquímica interna que, en último término, nos hacen encontrarnos mal cuando no hay esos niveles de estimulación, y nos crean adicción a cantidades cada vez mayores de inputs que procesar. Esta situación de base, convierte el ocio de los jóvenes en algo complejo. El uso de dispositivos y consolas de manera abusiva pone en peligro sus cerebros y en consecuencia, sus estados, su capacidad de tomar decisiones, de relacionarse…de vivir. A veces, les resulta más satisfactorio el consumo de informaciones que entran a través de los dispositivos, que la complejidad de las relaciones humanas, más difíciles, impredecibles, pero sin duda necesarias para completarnos como personas.

Agorafobia y fobia social.

Al haberse interrumpido el desarrollo habitual de las habilidades sociales y la relación con espacios y actividades, algunos jóvenes están desarrollando problemas en sus capacidad para sentirse cómodos en presencia de otras personas y de sentirse expuestos en escenarios que no conocen. En ocasiones, este tipo de situaciones requieren un trabajo de exposición progresiva hasta que se reajustan los mecanismos naturales de relación y adaptación y de no intervenirse no siempre revierten de forma espontánea llegándose a incorporar el aislamiento como método de protección y dándose así una ruptura peligrosa en el desarrollo de las habilidades interpersonales.

Nuestros jóvenes solo necesitan volver a aprender a vivir, pasarelas de acceso a experimentar situaciones para que sean sus vivencias las que les enseñen a ser, pero sobretodo y como en cualquier otra época de la vida necesitan comprensión, afecto, disciplina, estabilidad e ilusión. Su mundo es un poco como el de todos pero no lo olvides, más intenso.

Alba Calleja. Psicólga.

635961102

albacallejapsicologa.com

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